Covid-19: Recuerdos de instituto

Autor: Mario y Amaranta

mariolorena40historias@gmail.com 

Desde que me separé llevo una vida bastante tranquila, sin hijos, centrada en mi trabajo y en mi grupo de amigos frikis con los que quedo siempre que puedo para darle a los juegos de mesa.

Estoy en plena cuarentena. Es decir, tengo 45 años. Mi mujer me dejó hace ya 6 años y desde entonces no he tenido ninguna relación seria, solo alguna aventurilla de vez en cuando. Y no me va mal así. 

Sin embargo, hace unos días me crucé con alguien especial.

Me llamo Quique, soy enfermero en un centro de salud del sur de Madrid. Contraje la Covid-19 a primeros de marzo. Estuve una semana con fiebre y dolor de cabeza pero por suerte no hubo más complicaciones. Me he recuperado perfectamente y llevo más de un mes trabajando de nuevo.

Como apenas hay servicio presencial en el centro de salud nuestra principal labor es hacer seguimiento telefónico a los enfermos Covid y hacer alguna visita a domicilio para curas, sintrón, etc. Al ir cubierto con la mascarilla, las gafas y el resto del EPI muchos pacientes no me reconocen, aunque lleven conmigo muchos años. 

En una de estas visitas, estaba la doctora hablando con la paciente y con su hija cuando me llamó la atención una foto que había en una de las estanterías del salón. Eran un grupo de personas sentadas en una escalera… pero es que me pareció que era la escalera de mi instituto.

Disimulando un poco me acerqué a la foto para verla mejor.

Joder, ¡casi me da un vuelco el corazón! ¡¡¡Yo estaba en esa foto!!!

– Perdón – me dirigí a la hija en cuanto tuve ocasión – Esta foto está hecha en Nerja, ¿verdad?

– Sí, ¿lo conoces?

– Sí, estudié allí hace ya unos cuantos años – reí.

– ¡Qué coincidencia! Ha pasado mucho tiempo, la verdad – dijo con cierta nostalgia – ¡Mira qué pintas llevábamos!

En la foto estábamos sentados en la escalera seis o siete chicos y chicas de mi clase de COU y otras dos o tres chicas más que no recordaba quiénes eran.

Intenté fijarme mejor en la cara de la hija de la paciente pero entre la mascarilla y las gafas no pude encontrar ningún rasgo que me indicara si era alguien de esa foto. Miré alrededor por si hubiera otro retrato más donde pudiera reconocer a alguien pero no, no hubo suerte. Y no me quedó más remedio que preguntar.

– ¿Está usted en la foto? – intenté disimular.

– ¡Uy!, no me llames de usted, por favor – dijo antes de señalar con el dedo a mi vieja amiga Susana.

Creo que mi corazón entró en taquicardia por un momento.

– ¡Vaya! – dije entre sorprendido y aturdido.

– ¿Reconoces a alguien? – me preguntó.

– A mí me suena éste – dije señalándome a mí mismo.

– Es Quique, un compañero – me dijo tranquilamente – Están otros de mi clase, mi hermana y una amiga de mi hermana.

– La verdad es que no sé muy bien qué decir…

– ¿Cómo? 

– Verás Susana, es que éste de aquí soy yo.

– ¡No me lo puedo creer! – dijo entre sorprendida y emocionada – ¿De verdad eres Quique?

– Sí – dije entre risas – ¡Qué casualidad!

Hicimos el gesto de querer saludarnos… pero claro, no lo pudimos hacer.

– Bien señora, nos vamos a otro sitio – dijo la doctora – Espero verla tan bien en la próxima visita.

– Apunta mi número y cuando puedas me mandas un whatsapp, si te parece bien – me dijo Susana – así nos ponemos al día.

– Por supuesto – dije intentando no mostrar lo nervioso que me había puesto – ¡Hasta otro día!

Salí de casa de Susana sin poder quitarme de la cabeza aquella foto. Y sus ojos… al reconocerme vi un brillo especial en ellos. ¡Qué ganas de quitarle la mascarilla y ver su cara! No pude evitar pensar si sería tan guapa como hace años. De cuerpo se mantenía estupenda, le sentaban muy bien los pantalones ajustados que llevaba.

Esos pantalones ajustados… aquella fiesta de fin de curso… Todos bailando a ritmo de Alaska. Después llegaron las lentas y nos encontramos frente a frente. Extendí los brazos y le pedí que bailara conmigo. Estaba un poco borracho y la atraje hacia mí. Ella dijo: “Quique, que no puedo respirar, afloja”. Aflojé, pero solo un poco. Estaba secretamente enamorado de Susana, aunque para ella solo era un buen amigo que le ayudaba con las mates.

Me gustaba sentirla entre mis brazos, estaba tremenda con aquella blusa escotada y sus pantalones vaqueros. Cuando pienso en aquella noche aún me excito.

En cuanto cerró la puerta, Susana se dejó caer en el sofá. No se lo podía creer, le temblaban las piernas de la impresión. ¿Cómo había vuelto a aparecer Quique en su vida después de tantos años?

Ahora ella había empezado una nueva relación con Julio después de un matrimonio fracasado. Una relación que no tenía mucho futuro, Julio era demasiado posesivo y a ella le gustaba disfrutar de su libertad.

No sabía cual era la situación de Quique y le apetecía quedar con él y ponerse al día. Fueron muy buenos amigos en el instituto, en algún momento algo más. Aún recuerda aquella fiesta de fin de curso… la primera vez que se sintió atraída por Quique, hasta entonces solo era un buen tío que le caía bien. Aquel día él estaba irreconocible, había dejado su timidez atrás. De repente se sintió atrapada en sus brazos y no quería escapar. Le apretaba tanto que sentía como él se estaba empalmando por momentos y ella empezaba también a notarse húmeda entre las piernas. Tuvo que decirle que aflojara o iban a llamar la atención.

Quique aflojó pero poco y ella no se quejó, estaba muy a gusto. Sin darse cuenta se encontraron besándose, un beso dulce y apasionado que le dejó temblando y le hizo sentir como si flotara. Él metió su lengua en su boca y ella le estaba esperando. No era su primer beso pero si su mejor beso hasta ese momento.

Cuando acabó ese beso se miraron a los ojos y sin decir nada salieron cogidos de la mano de la sala de baile. Quique había ido en el coche que le había dejado su padre y allí se fueron, a comerse a besos. Aún recuerda su mano metiéndose por el escote de su blusa cogiendo su pecho.

En el coche de su padre no deberían ir mucho más lejos y tampoco ella quería parecer tan fácil, aunque se moría de ganas de subirse encima de él y sentirle dentro. Quique tuvo que desabrocharse los pantalones porque tenía una gran erección, estaba a punto de explotar.

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Sin pensarlo arrancó el coche y se fueron a un descampado que había cerca donde nadie podría verles en la oscuridad. Salieron del coche y Quique le cogió de la mano para llevársela debajo de un árbol. Allí le apretó contra el tronco y le besó jadeando. Ella también gemía, estaba chorreando, necesitaba más. Se quitó los pantalones para ponérselo más fácil y él le arrancó las bragas, le desabrochó la blusa y durante unos instantes la miró de arriba abajo con la luz tenue de la luna. “Como me gustas Susana” le dijo con voz de deseo. Se quitó sus pantalones y cogiéndola por las caderas intentó follarle así de pie como había visto en las películas, pero no salió bien y fueron a parar los dos a la hierba. “Joder, en las pelis esto no pasa” dijo y se pusieron los dos a reír. 

Luego se miraron, se besaron de nuevo, y allí tumbados en la hierba debajo de un árbol hicieron por primera vez el amor.  

Cuando por fin llegué a casa tras acabar mi turno y me puse cómodo después de ducharme y cenar algo, escribí a Susana.

En seguida me contestó y estuvimos chateando un rato. A ambos nos alegró volver a encontrarnos después de tantos años. Hablamos de nuestros trabajos, de algunos viejos amigos y cómo nos había ido a nivel de pareja. Me dijo que se separó hace unos años y que ahora tenía un “medio novio”.

A la noche siguiente volvimos a chatear un rato, aunque en seguida me propuso hablar por teléfono. Oír su voz fue como volver a la adolescencia cuando nos tirábamos una hora enganchados al teléfono intentando que nuestros padres no nos pillaran. La conversación no duró demasiado, la verdad. Me dijo que tenía que hablar con su chico de “un tema personal” pero pasamos un momento agradable.

Durante unos días apenas intercambiamos algunos whastapp deseándonos tener una buena jornada y poco más. Le preguntaba “qué tal”, “qué te cuentas”… pero Susana no respondía más allá de una escueta línea. Hasta el viernes pasado.

Una vez acabada la jornada me tumbé en el sofá y escribí a Susana para desearla buenas noches. Unos minutos después me respondió “¿qué haces?” y comenzamos a chatear. La noté animada y tras contarnos cómo nos había ido el día y comentar las últimas noticias me propuso hacer una vídeollamada para vernos las caras. 

– ¡Holaaaaa!

– ¡Por fin nos vemos las caras!

– No has cambiado nada – la dije – estás tan guapa como siempre.

– Noooo… – me dijo riendo – Te veo muy bien. Más madurito, pero sigues igual.

– Qué curioso, siento como si la última vez que nos hubiéramos visto las caras fuera solo hace unos días y no tantos años como han pasado.

Nos pusimos a charlar y me contó que había pasado unos días complicados. Su relación con Julio llevaba un tiempo que no iba bien y esto del confinamiento lo había empeorado aún más. Me comentó que hace unos días que lo habían dejado.

Aunque había estado triste y preocupada, por la forma en que me lo contó creo que realmente fue un alivio para ella dejar esa relación. Al parecer es un hombre demasiado posesivo y controlador.

Pasamos a hablar de nosotros, de lo contentos que estábamos por habernos vuelto a encontrar, de que estábamos deseando vernos… Incluso de qué sentiríamos si nos besáramos después de tantos años.

En un momento dado, Susana me dijo que se iba a meter en la cama pero que le gustaría seguir charlando, si me parecía bien. Por supuesto la dije que sí, lo estaba deseando. Por un momento la imagen que veía era el techo de su habitación mientras se la seguía oyendo hablar. Supuse que habría dejado el teléfono sobre la mesilla. Yo aproveché para cambiar el sofá por mi habitación. Me desnudé y me senté metido en la cama. Al rato volvió a aparecer la bella cara de Susana en la pantalla de mi teléfono.

– Vaya, quién me iba a decir a mí que esta noche iba a compartir cama con una mujer tan guapa – la dije.

– Tanto como compartir cama… – me dijo riendo.

– Veo un par de tirantes finitos. ¿Qué llevas puesto?

– Pues yo veo que duermes sin pijama.

– Pues sí – le dije mientras alejaba el teléfono para mostrar mi torso desnudo.

– Guauuuu… – exclamó Susana – Yo duermo con camisón, oh…

Bajó la cámara del móvil y pude ver que llevaba puesto un camisón verde claro, con finos tirantes, algo de encaje y que dejaba ver un generoso escote.

– Joer Susana, ¡¡estás estupenda!!

– Siempre hemos hecho buena pareja ¿no crees?

– Sí, es verdad. Aunque duramos muy poquito – respondí – He de reconocer que me he acordado mucho en estos días de lo bien que lo pasamos juntos en aquella época.

– Yo también he pensado mucho en ti. ¿Te has imaginado alguna vez qué hubiera pasado si ese verano no nos hubiera separado?

– Ese verano nos cambió la vida – dije – pero nunca sabremos si para bien o para mal, jeje. Pero sí, pasamos un tiempo estupendo. Lo recuerdo muy bien.

– ¿Siempre duermes sin pijama? – cambió de tema – ¿O te has puesto así para impresionarme?

– No. Normalmente duermo en pelotas, pero hoy me he dejado puesto los calzoncillos – la dije seriamente mientras bajaba la cámara para mostrarle mis boxer.

Susana se partía de risa al otro lado de la pantalla.

– ¡Menos mal! – me dijo – Yo sí que no llevo nada debajo.

Hizo un recorrido con su cámara por su cuerpo, mostrándome todo el camisón hasta llegar a ver parte de sus piernas.

– Susana, no sigas por ahí o voy a tener que empezar a tocarme. ¡Estás preciosa!

– ¿Sí? – me dijo picarona – ¿y si nos tocamos los dos a la vez?

De repente perdí su imagen en la pantalla volviendo a ver el techo de su habitación. Oí el ruido de un cajón y en seguida volví a verla.

– ¿Qué te parece si yo juego con esto mientras tú te tocas? – me propuso mientras mostraba un succionador con forma de pingüino.

– Me encantaría estar ahí ahora mismo.

Sin decir nada más Susana bajó su mano haciendo desaparecer de la imagen el succionador e hizo un gesto de alegría al, supongo, ponerse en marcha el juguetito sobre su clítoris.

– Mmmmmm… ¡Qué maravilla de invento!

– Joer Susana, ahora sí que voy a tener que tocarme. 

– Síiiiiii…

Susana apuntó con su cámara hacia su entrepierna y pude ver como su mano estaba metida bajo el camisón haciendo suaves movimientos.

– Me imagino que soy yo el que está metido entre tus piernas… Mmmmm…

– Oh, síiii… Tu lengua juguetea con mi clítoris volviéndome loca… – decía entre gemidos – Síiiii… No pares… ¡Me encanta!

En ese momento, completamente excitado por lo que estaba viendo, empecé a pensar en que teníamos que saltarnos el confinamiento como fuera. Teníamos que vernos. ¡La deseaba tanto!

– ¿Y tú qué? – me preguntó sacándome de mis pensamientos gimiendo – ¿No me vas a mostrar cómo te estás tocando?

Metí la mano entre mis piernas y me la saqué para mostrársela a mi amante virtual. La masajeé un poco, estaba completamente dura y bien lubrificada. Cambié a la opción de cámara frontal y apunté con mi teléfono hacia abajo.

– Guauuuuu… ¡Qué ricaaaaaa! – exclamó – me encantaría comérmela ahora mismo. Mmmm… ¡La devoraría!

Seguí pajeándome lentamente mientras notaba como ella aumentaba sus gemidos y movía más rápido sus caderas sin dejar de frotarse con su juguetito.

– ¡Me corro, joder! – gritó mientras su cuerpo se retorcía entre espasmos.

Me hubiera encantado haber visto su cara mientras llegaba al orgasmo imaginándose que volvíamos a tener sexo. 

– Puffff… ¡Vaya calentón! – la oí decir entre risas – Ahora quiero ver como te corres tú.

Sin decir nada empecé a tocarme más rápido. A mi mente volvieron momentos increíbles que pasamos juntos. Aquellos primeros polvos en el coche o bajo algún árbol en algún parque… Con mi mente en otro tiempo noté que mi polla se preparaba para explotar. Apunté bien con la cámara y dos generosos chorros salieron de mí dejándome satisfecho.

– Quique, tenemos que vernos.

No me puedo creer lo que acaba de pasar. ¿Acabo de tener cibersexo con Quique, mi amigo de la adolescencia? ¿Le acabo de decir que tenemos que vernos?

Es verdad que entre nosotros sigue habiendo feeling y no puedo negar que ha madurado muy bien, tiene un buen polvo. ¿Pero él se acuerda porque se acabó nuestra relación?

Después de la fiesta de fin de curso quedamos para ir al cine. Al principio estábamos un poco cortados, nuestra relación había cambiado de repente y a los dos nos resultaba extraño. Nos sentamos en una fila vacía, solo para nosotros. Nuestros brazos se rozaron y sentí cómo se me erizaba la piel, saltaban chispas entre nosotros, antes de que me diera cuenta tenía su lengua dentro de mi boca, un beso profundo, apasionado, que me atravesaba y llegaba a todo mi cuerpo, que me hacía olvidar que había más gente alrededor.  Me dejé llevar por ese momento, le sentía con mucha intensidad. Sus dedos exploraron dentro de mis pantalones torpemente y se encontraron con mi coño mojado, movió los dedos y pensé que me iba a derretir de placer. Mientras mi mano fue subiendo por su muslo y se encontró con el pantalón abultado, estaba completamente empalmado. Me excitó tocar su polla tan dura a través del pantalón. Entonces colocó la chaqueta encima, se desabrochó el pantalón, agarró mi mano y la llevó por debajo hasta su pene erecto. 

Seguimos tocándonos el uno al otro, sin poder dejar de besarnos, nuestras bocas se atraían como imanes, apenas se separaban unos segundos volvían otra vez al ataque.

Seguí acariciándole hasta notar en mi mano como estaba a punto de explotar. “No pares, me voy a correr”… dijo, y se corrió, vaya si se corrió… saqué mi mano empapada de semen. ¿Quieres probarlo? dijo divertido y me cogió la mano intentando que me la llevara a la boca, pero lo rechacé. Fui yo quien llevó sus dedos empapados por mis fluidos hasta su boca  para que los chupara y luego los chupé yo y le besé. Mmmm… cuantas veces me he excitado pensando en esa tarde.

Aquel verano fue tremendo. En cuanto nos encontrábamos necesitábamos besarnos, tocarnos, acariciarnos…. Nada nos podía detener. Besos aquí y allá, largas despedidas con polvos en rincones del parque que había cerca de casa…

Recuerdo que me ponía falda larga para poder sentarme encima, de frente, una pierna a cada lado, atrapándole. Nos besábamos y abrazábamos mientras se metía dentro de mi apartando a un lado las bragas.  Yo me movía encima de él, sin dejar de besarle. Cuando pasaba alguien me quedaba quieta disimulando, era muy excitante.

Y Aquellas tardes en nuestro pub favorito, dos coca-colas, música, besos y caricias. Algunas veces hasta nos atrevimos a follar en el reservado, siempre yo encima claro, era más fácil. Éramos folladores silenciosos, o eso creíamos.

Todo cambió cuando apareció Juanan, mi amor platónico desde hacía muchos años. Nos había visto y oído alguna vez en el pub y alguien le había dicho que yo estaba colada por él. Ahora sé que era una mala persona, entonces solo pensé que por fin se había fijado en mí. 

Coincidimos en la fiesta de cumpleaños de una amiga. Quique había ido a buscar algo de beber mientras yo seguía bailando. Alguien puso una canción lenta y allí estaba Juanan, agarrándome por la cintura para que bailara con él. No pude resistirme, demasiado tiempo esperando ese momento. Vi a Quique que venía con dos vasos en la mano, al vernos se quedó parado por unos segundos, con cara de sorpresa y disgusto a la vez, pero luego se fue tranquilo a hablar con sus amigos.

Juanan y yo bailamos un par de canciones. Me dijo que estaba muy guapa y que le gustaría quedar conmigo algún día. En ese momento tendría que haberle dicho que estaba saliendo con Quique, pero no se lo dije. Acepté quedar con él para ir a la playa. 

Estuvimos un rato tumbados en la arena. Menudo repaso me dio con la mirada, noté que me deseaba. De repente, se levantó, me cogió la mano y me arrastró con él hacia el agua. Jugamos con las olas un rato, cada vez se iba acercando más a mi cuerpo semidesnudo. Hasta que me vi atrapada en sus brazos. Sus manos recorriendo mi cuerpo, bajando por mis pechos, metiéndose por el bikini. Intenté decirle que parase pero me calló con un beso. Me agarró por las caderas y no sé qué hubiera pasado si no hubiera aparecido una gran ola que nos tiró a los dos. Pude escaparme sin que pasara nada más, no podía dejar de pensar en Quique.

Cuando salí del agua, Quique estaba allí, había presenciado toda la escena. No dijo nada, simplemente se dio la vuelta y desapareció. Le llamé varias veces pero nunca me contestó. Luego sé que se fue a estudiar a Barcelona y ya no volví a saber nada de él. Hasta ahora. 

El lunes que pasamos a fase 1 quedamos en vernos.

A las 20:05, después de aplaudir a los sanitarios, salí de casa hacia nuestro punto de encuentro. Había muchísima gente en la calle paseando, corriendo o montando en bici. Se notaba que todos estábamos deseando que se pudiera salir de casa a hacer ejercicio o a que nos diera un poco el aire.

Después de una buena caminata llegamos a nuestro punto de encuentro. Por suerte vivimos en el mismo municipio aunque cada uno en una punta, la verdad.

De nuevo nos saludamos a distancia entre risas y comenzamos a caminar. Susana iba estupenda, con un vestido que le hacía lucir su tipazo y una mascarilla a juego que dejaba ver el brillo de sus ojos. 

Hablamos de lo que está pasando con el virus, de cómo están nuestros familiares y amigos más allegados y del desastre económico que se nos avecina. Luego el tema de conversación se relajó bastante y comenzamos a hablar de nosotros. Recordamos anécdotas de nuestra juventud en Nerja, hablamos de nuestras parejas pasadas y nos reímos comentando lo bien que lo pasamos practicando sexting.

Mientras paseábamos entre la gente no podía dejar de recordar ese succionador que se escondía juguetón bajo ese camisón tan sugerente… Esa voz entrecortada que oía a través del teléfono… y la imagen en mi pantalla de mi miembro totalmente excitado mientras me masturbaba para y por ella.

Dejamos una de las avenidas principales y comenzamos a callejear por el polígono industrial. Estaban todas las naves cerradas, no había ni un solo coche, pero habían bastantes personas que iban y venían andando, corriendo o en bici.

Al llegar a un cruce, cogí de la mano a Susana y nos metimos en un callejón. Andamos entre risas hasta llegar a un lugar menos iluminado y en parte ocultos por unos contenedores de obra. Con suavidad bajé la mascarilla a Susana, me quité la mía y la besé.

Por un momento viajamos más de veinticinco años atrás, cuando nos besábamos con ganas, frotando nuestros labios, enzarzando nuestras lenguas y acariciando con deseo todo nuestro cuerpo. 

Nuestros corazones se habían puesto a mil por hora mientras nos besábamos y nos acariciábamos los brazos y la espalda. Entonces bajé una de mis manos por su cadera hasta llegar al culo, que acaricié y apreté varias veces. Susana hizo algo parecido, agarró mi culo con sus manos y apretó mi cuerpo al suyo. Seguro que notaba mi erección.

Subí mi mano para acariciar uno de sus pechos pero estábamos tan pegados que no pude. Nos separamos un poco, lo justo, y entonces pude tocarla por encima del vestido. Tenía la respiración entrecortada. A veces tenía que dejar de besarme brevemente para coger un poco de aire. Estábamos súper excitados.

Con la otra mano busqué su entrepierna por encima del vestido. Al rozarla soltó un gran gemido de placer y sentí que le dio un escalofrío por todo el cuerpo. Aceleró sus besos si cabe y comenzó a balancear su cadera mientras frotaba toda mi mano entre sus piernas.

Tuve una agradable sensación al tocarla. Me pareció que no llevaba bragas y quise confirmarlo. Bajé un poco la mano y la metí por debajo del vestido subiendo lentamente mientras acariciaba uno de sus muslos. A mi vieja amiga le temblaban las piernas y le costaba mantenerse en pie.

Efectivamente, cuando las yemas de mis dedos llegaron a su sexo noté sus labios al aire, totalmente empapados. Y comencé a acariciarlos.

Susana me agarró la cabeza con las dos manos sin dejar de besarme. No paraba de gemir mientras disfrutaba de mis caricias en su clítoris. Los jadeos y los besos la impedían respirar con normalidad, pero no dejábamos de morrearnos con fuerza.

Después de acariciarla un rato, con suavidad la metí un dedo y enseguida otro, y comencé a meterlos y sacarlos cada vez con más ganas. Ahora sí que dejó de besarme. Apoyó su cabeza en mi hombro y sin disimular en absoluto empezó a gemir y a dar pequeños gritos de placer. 

– Me corro, me corro – susurró entre jadeos.

Entonces saqué mis dedos de su cuerpo, me agaché, metí mi cabeza entre sus piernas y comencé a comérmela.

Susana apretó mi cabeza contra ella mientras gemía y gemía hasta que no pudo más y llegó al orgasmo con mi lengua jugueteando con su clítoris.

Me incorporé, la agarré por la cintura y nos miramos fijamente mientras intentaba recuperar la respiración. 

– ¿Crees que habrán cámaras? – me preguntó de golpe.

– Ni idea – dije mirando a las naves de alrededor.

– ¿Tienes un condón?

– Sí.

Las manos de Susana desabrocharon mi cinturón y los botones del pantalón. Tiraron de él hacia abajo y sacaron mi polla que estaba dura como una piedra sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. Sin decir nada comenzó a pajearme muy despacio.

Se giró y se apoyó en el contenedor, se levantó el vestido y me mostró su culo y su coño chorreante.

– Fóllame – me ordenó – Como en los viejos tiempos.

Rápidamente me coloqué el preservativo, agarré mi polla y la apunté hacia su coño. Al sentirla dentro volvió a lanzar un pequeño grito de placer. No recordaba que fuera tan expresiva… pero me encanta que sea así.

La agarré por la cintura y comencé a bombear lentamente. Disfruté mucho viendo su hermoso culo entre mis manos y cómo entraba y salía mi polla de su coño. 

Alcé por un momento la mirada y vi al fondo gente que pasaba haciendo deporte totalmente ajena a nosotros. Me sentí muy afortunado en ese momento.

Comencé a acelerar mis movimientos. Cada vez que se la metía se oía el golpe que producían nuestros cuerpos al chocar junto a un gemido acompasado de mi amante. Según iba acelerando y profundizando en mis embestidas los gritos de placer de Susana eran cada vez más fuertes. No sé si me ponía más cachondo el estar dentro de ella o el oírla gozar así. ¡Qué pasada!

Estaba llegando al séptimo cielo cuando ella se incorporó un poco y me pidió que parara. Pensé que quería cambiar de postura pero no. Agarró mi polla, le quitó el condón e inclinándose de nuevo noventa grados se la metió en la boca con ganas comenzando una mamada espectacular. A veces me miraba sin dejar de chupar y medio sonreía. A veces se la metía profundamente. A veces jugueteaba con su lengua en mi capullo.

Cuando notó que me iba a correr empezó a pajearme fuerte con una mano sin apartar la boca del capullo. Me corrí abundantemente y mi amiga se encargó de que no quedara ni rastro.

Nos recompusimos un poco y salimos de nuestro escondite, de la mano y paseando como si nada.

– Estoy empapadísima – me dijo feliz – Algo corre por la parte interna de mis muslos…

La acompañé a su casa. En su portal nos volvimos a besar y a meter mano… Hubiéramos follado otra vez allí mismo, pero no hubiera sido una buena idea. Cuando llegué a casa nos conectamos por vídeollamada y volvimos a tener sexo. De repente volví a sentirme enamorado. 

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