Una tarde de julio

Autor: Xicotaytantos

El sol calentaba el cuerpo de aquellas dos mujeres sobre la arena de esa maravillosa playa. Era una tarde del mes de Julio, por lo que aún había poca gente en la playa. Hacía calor…

Suena un móvil… se incorpora y coge el teléfono mientras piensa: “Quién coño llamará, con lo tranquila que estaba yo ahora…”

– ¿Si?

– Hola… ¿Qué tal por la playa? ¿Te sienta bien el sol y el descanso?

– Anda… pero si eres tú; no esperaba que me llamaras. ¡Qué sorpresa!

– Para que veas; en el fondo no soy un demonio tan malo como crees que soy. Un poco sí, pero hasta cierto punto.

– ¿Qué haces ahora como para llamarme?

– Pues estoy en una terracita, tomándome un refrigerio, que hace mucho calor. Estaba viendo a la gente que pasaba, y me he dicho… voy a llamarla a ver qué se cuenta de sus vacaciones. A ver si ha encontrado un amante que la haya satisfecho en todo lo que ella exige, si se ha puesto muy moreno… lo habitual cuando uno se va de vacaciones, vamos.

– Pues de amantes, nada de nada. En cuanto al moreno, algo sí que se nota.

– Me imagino, si es que… en esta playita se está muy a gusto

– ¿Cómo que playita? ¿Has hecho una escapada a Málaga otra vez?

– No… Estoy en Cádiz.

– NO. ¡¡¡NO PUEDE SER!!!! ¿DONDE?

– ¿Ves un chiringuito grande con los toldos amarillos? Uno en el que hacen unas paellas que están de muerte.

– Sí… lo veo. ¿Eres el de la terraza? ¿El que mueve un brazo?

– Pues…. sí. ¿Por qué no venís tu amiga y tú y nos tomamos algo?

– Suena bien. Espera ahí, que ahora mismo voy.

Su amiga, le pregunta si era quien se imaginaba que era, ya que conocía de la existencia del desconocido.

– Sí. Es él. Dice que si nos tomamos algo en el chiringo.

– Uhmmmm. ¿Las dos?

– Eso ha dicho. Si quieres venir, no me importa, pero es mío.

– Jajaja… tranquila; me estaré quietecita. Además tengo curiosidad por saber cómo es; a ver si es mejor o peor de como me lo imagino.

Las dos amigas recogieron sus bártulos y se fueron en dirección al chiringo. Una vez allí, hicieron las presentaciones pertinentes. El preguntó qué querían tomar; Ella pidió una cerveza y su amiga una Coca-Cola Light. El se dirigió a la barra para pedir las consumiciones.

– ¿Qué? ¿Mejor o peor? – Preguntó ella.

– Pues… ni fu ni fa… Es más o menos como me imaginaba, aunque creía que iba a ser un poco más delgado. Eso sí… me gustan sus manos; ¿acarician bien?

– Calla, que siempre estás igual… pero sí, acarician de maravilla. Es más… ahora que le veo aquí estoy deseando que me acaricien. Supongo que no te importará si te dejo sola en la playa un rato largo, ¿verdad?

– No, no me importa; lo entiendo perfectamente. Igual, dentro de un rato le veo más delgado por lo que le vas a hacer sudar.

– Es posible.

Las dos mujeres ríen mientras él vuelve con las bebidas.

– ¿Y esas risas? ¿Ya os estáis riendo de mí?

– Por supuesto dijo ella – Ya que estás aquí, al menos tendrás que hacernos reír.

– Eso como mínimo. – Dijo él.

Estuvieron más o menos media hora hablando de cosas intrascendentes (la subida del IVA, la crisis, el estatuto de Cataluña…) hasta que su amiga se disculpó y fue al baño.

– Ahora que te tengo aquí, no creas que te voy a dejar escapar… que todavía tengo una cuenta pendiente contigo de la última vez que nos vimos en Málaga.

– No tenía intención de escaparme y aunque quisiera, no sabría donde… no hay plazas de hotel libres en Cádiz.

– Eso no es problema; ahora lo arreglo con mi amiga. Su casa es amplia y cabes perfectamente. Es una buena amiga y sabe ser discreta.

– Y además está buena…

– Creía que sólo tenías ojos para mí… ya me estás poniendo triste.

– A ver; una cosa es que tenga ojos, y otra que esté ciego. Hay realidades que saltan a la vista cuando pasan por delante. Pero he venido a disfrutar contigo, no con ella.

– Me encanta que me digas eso…

Su amiga volvió de su visita al baño, se despidió de él y las dos juntas se fueron hacia la playa hablando. Al poco rato ella había vuelto y la pareja se dirigió caminando hacia el cercano piso de su amiga. No hablaban demasiado, pero los dos sentían cómo la excitación del otro iba aumentando… Cruzaron el portal, cogieron el ascensor, y ella pulsó el número 6… En cuanto se cerraron las puertas se lanzó a por sus labios; tenía necesidad de volver a probar su sabor. Quería volver a sentir la sensación de ser besada por aquellos labios carnosos que tantas sensaciones olvidadas le habían hecho recordar en cada centímetro de su cuerpo. Las lenguas de ambos se hicieron un nudo; las bocas no podían separarse… hasta que el ascensor llegó a su piso.

Introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Él le dijo que pasara delante.

– No es por galantería; es para mirarte el culo

– Joder… no lo estropees ahora. Con lo bien que habías quedado.

El cruzó la puerta detrás de ella, y cerró tras de sí. Ella, al oír el ruido se abalanzó sobre él y en un momento le había quitado la camisa. Mientras se besaban, las manos de ella recorrían su pecho. Él lo tenía más fácil… tan sólo un bikini y un pareo separaban sus manos de su cuerpo. Deshizo el nudo que sujetaba el pareo y este cayó ligero al suelo. Besó su cuello mientras sus manos deshacían el nudo de la parte superior del bikini, por lo que sus maravillosos pechos quedaron liberados y sus manos pudieron sujetarlos, acariciarlos… Sus pulgares acariciaron suavemente sus pezones, y un gemido se escapó de los labios de ella…

– Me pones como una moto…

– ¿Y tú a mí no?

-Ven; vamos a la habitación… que quiero enseñarte algo.

Recogieron la ropa del suelo y él le siguió dócil hacia la habitación. Una vez allí, se volvieron a besar, sin tanta ansiedad como antes, más pausadamente, saboreándose, recreándose en cada pliegue de los labios del otro. Ella le tumbó en la cama y se sentó sobre él. Su sexo sintió la dureza que él tenía.

– ¿Te gusta lo que ves?

– Sí, mucho. Y además me gusta lo que toco.

Sus manos se dirigieron hacia sus pechos. Los masajeó con suavidad, acarició sus pezones sujetándolos dulcemente entre el dedo pulgar y el índice. Ella se inclinó sobre él y le pidió que se los acariciara con la lengua. El obedeció inmediatamente, e introdujo entre sus labios un pezón, masajeándolo suavemente alrededor con la punta de la lengua. Mientras tanto, ella alargó su mano hacia el cajón de la mesilla, cogiendo algo que a él le pasó desapercibido. Eran unas esposas… Con un movimiento rápido, mientras él estaba concentrado en lamer, besar y chupar sus pechos, le sujetó ambas muñecas con las esposas sujetando la cadena de éstas a un barrote del cabecero metálico.

– Pero…. ¿qué haces?

– Pues, devolverte la moneda de la última vez que nos vimos. ¿O es que acaso te has olvidado? ¿No te acuerdas que me ataste las muñecas con una cuerda y me vendaste los ojos con tu corbata?

– Sí, perfectamente lo recuerdo…

– Pues ahora me toca a mí divertirme con tu cuerpo… ¿O te crees que eres tú el único que sabe hacer estas cosas?

– No te hacía yo capaz de algo así…

– Soy una mujer; soy perfectamente capaz de hacer lo mismo que tú, y además mejorarlo. El otro día pasamos mi amiga y yo por delante de un sex-shop y entramos a curiosear. Vi las esposas, me acorde de nuestro último encuentro y las compré con la idea de vengarme, sin pensar en que iba a tener ocasión de hacerlo tan pronto. De todas formas, cállate de una vez y sigue con lo que estabas haciendo, que me vas a cortar el rollo. 

El obedeció y volvió a retomar su “conversación” con los pechos. Su lengua conseguía que pequeñas corrientes de placer recorrieran su cuerpo, y la humedad en su sexo estaba empezando a ser ya considerable. Ella empezó a ser consciente de que le tenía en sus manos; podía hacer con él lo que quisiera… y esa idea hacía que se excitara todavía un poco más. Se incorporó, y separó el pecho de su boca. Le desabrochó el cinturón, desabrochó los pantalones se los quitó. La breve tela de los calzoncillos dejaron claro que su erección era bastante llamativa.

– Creo que así no vas a estar lo suficientemente cómodo. Lo mejor será que te quite también la ropa interior, ¿no te parece?

– Estoy de acuerdo contigo; me parece bien. Además, yo no me los puedo quitar, con lo que… puedes hacer lo que quieras

– ¿Puedo hacer lo que quiera? – Escuchar estas palabras de su boca, le dieron una idea.

Recogió del suelo el pareo, lo cogió por dos puntas opuestas y le dio unas vueltas.

– Ya que puedo hacer lo que quiera, creo que también te voy a vendar los ojos

– Esto…

– Nada, tranquilo, que me has dicho que puedo hacer lo que quiera… No te preocupes, sólo es un pañuelo; no muerde. Eso sí, si ves que te aprieto mucho avísame para que te lo afloje un poco.

Colocó el pareo alrededor de su cabeza, tapándole los ojos. Los colores del pareo eran claros, por lo que dejaban pasar la luz, pero a pesar de eso no podía ver nada con nitidez; si acaso unas vagas sombras… Ella se puso de pie sobre el suelo y se deshizo de la parte de abajo de su bikini. Se sentía húmeda, se sabía excitada y estaba deseando sentir cómo ese mágico músculo lleno de venas entraba en su cuerpo… pero también quería hacer “sufrir” a ese hombre un poco; no se lo iba a poner tan fácil.

– ¿Qué haces? Dime algo que no te veo…

– Estoy pensando por dónde empezar contigo… si empezar comiéndote el cuello, los labios, las orejas, el pecho…

Al mismo tiempo que iba diciendo estas palabras, sus labios besaban su cuello, sus labios, sus orejas, su pecho… fue recorriendo todo su torso, sus labios fueron bajando hasta al final encontrarse con su sexo. Lo recorrió con su lengua, de abajo arriba… sintió cómo el cuerpo de él se retorcía. Envolvió el glande con sus labios y él pudo sentir el calor y la humedad de su boca y cómo su lengua se entretenía jugando.

– Me da la sensación que esto te está gustando, ¿verdad?

– Pues no te lo voy a negar; estaría mintiendo si lo hiciera.

– ¿Quieres que siga? – Mientras hablaba con él, su mano derecha sujetaba firmemente su polla y se movía de arriba hacia abajo, haciendo que el placer recorriera su cuerpo.

El no pudo contestar; el placer le estaba llenando. Ella se dio cuenta y no quiso desaprovechar su oportunidad; le había gustado el sabor de su sexo y estaba dispuesta a que él se vaciara en su boca. Ya encontraría una contrapartida adecuada, sobre todo teniendo en cuenta que ella tenía bien guardadas las llaves. Sin dejar de mover la mano, introdujo la polla en su boca, chupando con los labios y la lengua su glande. Mientras su mano bajaba, su miembro se introducía más en su boca. El estaba a punto de explotar; le estaba encantando… estaba a punto de correrse, pero quería aguantar todo lo que pudiera por seguir disfrutando de todas las sensaciones que ella le estaba provocando… Al final, lo que tenía que llegar, llegó, y él se corrió en su boca. Ella sintió cómo el caliente líquido era escupido por el glande y bajaba por su garganta; tenía un cierto sabor ácido; pero sabía bien… A ella le encantaba la sensación de poder que tiene una mujer sobre un hombre cuando consigue que se corra en su boca; en ese momento son capaces de vender a su madre con tal de que no te pares. Fue un orgasmo intenso por deseado y esperado…

– Muy bien… mi niño se ha corrido y se ha quedado a gusto y un poco más relajado. ¿Y ahora?

– Ahora…

– Ahora te callas, cariño… porque tal y como está “eso” ahora mismo, no me sirve para nada. 

Ella podía sentir el placer en su sexo; podía sentir cómo estaba deseando follar con ese hombre que tenía entre sus piernas. Podía sentir cómo le gustaría notar ese miembro entrando en su cuerpo hasta tocar lo más profundo de su interior… pero eso no podía ser en ese momento; esa polla ahora mismo no servía para demasiadas cosas. Había que dejarla descansar un momento. Ella se encontraba de rodillas, con el cuerpo de su maniatado compañero de juegos entre sus piernas. Movió sus rodillas hacia adelante, acercando su coño a su boca; ya podía sentir el calor que desprendía su aliento…

– Ahora me toca disfrutar a mí. ¿Notas esta humedad que tengo?

– A ver… – Acercó su lengua al sexo de ella y pudo comprobar el sabor de sus fluidos – Pues sí… qué rica sabes…

– Creo que es porque estoy algo excitada, pero quiero que te lo comas todo. Quiero que me hagas gritar de placer y estremecerme. Quiero correrme en tu boca y que estés luego preparado para que pueda cabalgar a gusto.

El empezó a saborear más detenidamente lo que ella le estaba ofreciendo. Mientras su lengua se movía suavemente, sin apretar, alrededor del clítoris, pero sin acariciarlo directamente, ella empezó a sentir como el placer recorría su cuerpo a oleadas… sentía una sensación de calor agradable que le recorría desde la punta del pelo a los dedos de los pies. Los escalofríos comenzaban a recorrer su espalda a medida que él imprimía más ritmo a las caricias de su lengua, adaptando estas a la respiración de ella. Ella inclinó su cuerpo hacia adelante y se sujetó con fuerza a la parte superior del cabecero de la cama para poder así acercar aún más su sexo a la lengua. Le estaba encantando todo aquello: dominaba la situación como hacía mucho que no hacía. No quería correrse aún porque las sensaciones que recorrían su cuerpo cada vez con más frecuencia le hacían sentir especial, deseada, pero finalmente el placer llegó a su clímax, y con él el orgasmo. Le gustó la sensación de correrse sobre su boca. Le gustó cómo él no desperdició ni una sola gota de sus fluidos, prolongando aún más el placer…

– Por favor, no pares ahora, sigue un poco más, pero con cuidado… así….

El obedeció, y las sensaciones se mantuvieron durante algo más de un minuto. Ella, echó la vista hacia atrás y vio con una sonrisa en la cara cómo esa polla que tanto deseaba, estaba otra vez preparada para dar guerra. Separó el sexo de su boca, movió sus rodillas hacia atrás, cogió su miembro con la mano y lo colocó en la entrada de su vagina. El pudo sentir en la punta de su glande el calor, la humedad y la suavidad de sus labios…

– Y ahora viene cuando me sueltas para poder maniobrar a gusto, ¿no?

– De eso nada, monada… de soltarte nada; te vas a quedar ahí atadito y yo me voy a dedicar a montar a caballo. Es más, creo que vamos a hacer un rodeo porque estás resultando ser un potro salvaje y hay que domesticarte un poco…

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Mientras ella decía estas palabras, fue introduciéndose poco a poco la polla… quería hacerlo despacio; quería sentir cada centímetro, hasta sentirla toda dentro de ella. Le encantaba poder controlar ella la penetración. Encajaban perfectamente; él no la tenía ni muy grande ni muy pequeña… simplemente era de “su” medida. Se mantuvo unos segundos con ella totalmente introducida y movió su cuerpo en círculos. El se estremeció levemente… y entonces ella empezó a cabalgar sobre él… despacio, quería volver a sentir cómo entraba poco a poco; la sacaba totalmente y la volvía a meter; le gustaba cómo se abría camino entre las paredes de su vagina. Fue avivando el ritmo, cada vez más deprisa mientras él hacía lo único que podía hacer: mover sus riñones al ritmo que su amazona le marcaba para conseguir que la penetración fuera más profunda. Ambos gemían, ambos jadeaban… el aroma a sexo se impregnó por toda la estancia, y ella pudo ver cómo las gotas de sudor iban poblando el pecho de su compañero. Otra vez los escalofríos de placer recorrían su espalda… quería continuar para poder correrse a gusto, antes que a él le llegara el momento. Cada vez más deprisa, intentando que cada penetración fuera más rápida que la anterior… Finalmente, el deseado orgasmo llegaba; desde su sexo, una explosión de placer recorrió todo su cuerpo y una serie de espasmos descontrolados hicieron que la penetración fuera aún más rápida… El ya no podía más. A duras penas conseguía seguir el ritmo de ella; estaba deseando correrse… Optó por quedarse quieto para no hacerla perder el ritmo y para que su miembro no se saliera de donde estaba; que fuera ella la única que se moviera. Finalmente, notó cómo poco a poco llegaba su ansiado orgasmo y entonces sí que no pudo evitar empujar con sus riñones en un último esfuerzo y la penetración consiguió su punto más profundo. Ella emitió un grito, pero ambos sabían que era de placer…

Estaban exhaustos. Hacía calor en Cádiz, y además había mucha humedad en el ambiente (aparte de la que ellos habían creado). Ella permaneció sentada sobre el cuerpo de él, con su polla aún dentro durante unos segundos: sentir cómo poco a poco ese miembro iba menguando era algo casi mágico. Inclinó su cuerpo hacia adelante y se tumbó sobre él y le besó. El desprendía mucho calor, casi quemaba…

– Creo que voy a darme una ducha; hace un calor horrible…

– Qué buena idea… ¿necesitas ayuda para enjabonarte?

– No… Creo que hoy podré hacerlo solita, sin tu ayuda. Además, si te vinieras conmigo, tendría que soltarte, y de momento no pienso hacerlo. Vas a tener que hacerme un poquito más la pelota para conseguir que te libere.

– Pero…

– No me repliques; he dicho que me tienes que hacer la pelota… Me voy a la ducha.

Cogió la toalla que estaba sobre una silla, envolvió su cuerpo y salió de la habitación cerrando la puerta en dirección al baño. Al pasar por el salón, sintió la presencia de su amiga. 

– ¡Anda! Pero si estás aquí – dijo en voz baja – ¿Llevas mucho rato?

– Más o menos desde que estaba terminando tu amigo con la mariscada. Lo siento mucho, pero estaba la puerta entreabierta y no he podido quedarme mirando; ha sido como si me hubierais hipnotizado. Eso sí… ahora estoy como una moto. ¿Piensas dejarle mucho rato así?

– Pues no lo sé; todavía no lo he pensado.

– Humo… ¿te importaría si…?

– ¿Si te lo cepillas? Jajaja. No, no me importa; para eso están las amigas… que lo disfrutes

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2 comentarios sobre “Una tarde de julio

    1. Pero recordar una tarde de julio hoy que empieza la primavera….. nos permite abrir la mente a nuevas aventuras con vistas a las nuevas estaciones que se avecinan con buen tiempo…. y nuevas sensaciones

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