Pa’ morbo, Pancorbo

Autor: Mario.

mariolorena40historias@gmail.com

Desde que comenzamos a publicar relatos en el blog “40historiasdesexo” han sido varias personas las que se han puesto en contacto con nosotros, básicamente con la intención de felicitarnos y animarnos a seguir publicando más historias.

Entre esas personas se encuentran Beni e Inés, una pareja cuarentona que, además de felicitarnos, se ofreció a jugar con nosotros. Desde los primeros correos electrónicos nos parecieron personas inteligentes con muchas ganas de divertirse en pareja y eso nos animó a crear un grupo de Line los cuatro. Ahí fuimos conociéndonos a base de pequeños retos fotográficos, mini relatos o cuestionarios más o menos picantes.

Comenzamos mandándonos fotos de partes de nuestros cuerpos sin mucha carga sexual pero con la información suficiente como para verificar que estábamos ante una pareja real. Rápidamente las fotos que nos intercambiábamos iban siendo cada vez más eróticas, provocadoras y excitantes. Los cuerpos de nuestros nuevos amigos virtuales están muy muy bien. Además, las fotos que nos mandaban tenían un toque artístico que hacía que lo que mostraban se apreciara mucho más. Eso sí, nada de vernos las caras. También hablamos de algunas aventuras vividas por cada pareja y entre otras cosas nos contaron su afición a tener sexo en sus paseos por el monte.

Un día bromeamos sobre qué pasaría en una hipotética cita. Yo propuse que lo mejor sería quedar en mitad de camino e Inés dijo entre risas de quedar en Pancorbo, no sé por qué. Vale, no es mitad de camino, es cierto, pero me pareció un sitio original para quedar y la seguimos el rollo.

Pues bien, unas cuantos días después quedamos en Pancorbo.

La idea fue quedar en el pueblo y salir a hacer una ruta senderista por los llamados Montes Obarenses. Aprovecharíamos la excursión para conocernos y después, si había química, buscaríamos un alojamiento en las proximidades para los cuatro.

Quedamos a las 12 del mediodía para que pudiéramos llegar sin tener que madrugar demasiado. Era un bonito y cálido día de otoño, tuvimos suerte con el tiempo, la verdad.

En la última parte del camino el grupo de Line se fue calentando. Las chicas, que iban de copiloto, se fueron picando a ver quién se hacía la foto más cachonda. El nivel llegó a un punto muy muy alto, pufffff, qué cuerpazos!!! Pero lo más fuerte nos lo mandaron cuando llegaron al destino. Como arribaron una media hora antes de la hora de la cita, se quedaron en las afueras del pueblo metidos en el coche. Entonces nos hicieron una vídeollamada donde sólo se veía la boca de Inés chupando la polla de Beni. Al ir conduciendo no pude disfrutar del directo como se merecía, cosa que sí tuvo la suerte de hacer Lorena. Ella, mientras con una mano sujetaba el móvil, con la otra se frotaba su entrepierna. Según me dijo mi mujer, el vídeo terminó cuando él se corrió. Fue un fin de viaje súper excitante.

Con las imágenes grabadas en mi cerebro de Inés chupando y Lorena masturbándose llegamos al punto de encuentro, ya dentro del caserío medieval de Pancorbo.

Desde el primer momento hubo buenas vibraciones entre los cuatro. Aparte de ser muy atractivos, Beni e Inés resultaron ser muy agradables y divertidos.

Iniciamos la ruta recorriendo las calles que nos llevaban hacia la parte alta del pueblo comentando lo excitante que había sido ver el vídeo que nos regalaron justo antes de llegar. Desde luego aquello hizo que los cuatro llegáramos a la cita bastante calientes.

Hicimos una breve parada junto a los restos de la muralla y del castillo medieval de Santa Marta. Y continuamos ascendiendo dejando atrás el bello paso del desfiladero de Pancorbo.

Las chicas cogieron la senda delante de nosotros, mostrándonos sus magníficos culos enmallados. ¡¡¡Preciosos los dos!!!

Beni y yo comenzamos una agradable conversación sobre nuestros gustos sexuales y nuestras fantasías. Reconoció que venían súper excitados. Para ellos era la primera vez que quedaban con una pareja y solo pensar en lo que pudiera pasar les ponía a mil. Llevaban ya varios meses buscando a una chica para hacer un trío o a una pareja para realizar una pequeña orgía. Pero nada, no habían tenido suerte. Con nosotros se habían sentido a gusto y quisieron seguir jugando a pesar de que les había quedado claro que el sexo en grupo no nos motiva demasiado. Y tampoco el sexo anal, una práctica que, según nos dijeron varias veces, realizan frecuentemente.

En un momento dado alcanzamos a las chicas, que se habían parado en un cruce de caminos. Seguimos por la derecha. En esta ocasión Inés y yo fuimos por delante y Beni y Lorena se quedaron atrás.

– Os sientan fenomenal las mallas – le dije.

– ¿A que no se me marcan las bragas? – me soltó – Es porque no llevo.

– Joer Inés, bastante caliente vengo después de ver la mamada que le has hecho a Beni como para que encima me digas eso.

– He venido sin bragas por si tenemos que echar uno rapidito entre unos arbustos.

– Sí que os gusta follar en el monte, sí.

– La verdad es que sí, y si hay peligro de que alguien nos pueda descubrir, mejor que mejor.

Enseguida llegamos a los primeros restos de la fortaleza de Santa Engracia, construida a finales del siglo XVIII y destruida por los franceses unos años después. Al llegar allí uno rápidamente entiende que ese es un lugar perfecto para construir una fortificación. Las vistas son espectaculares. Y no me refiero solo al culo de Inés.

Avanzamos entre las ruinas hasta que llegamos a una especie de mirador. Pudimos comprobar que no había nadie visitando aquellos restos y que Beni y Lorena habían desaparecido. Apoyados en una barandilla, cogí a Inés de la cintura, me puse de frente a ella y le di un pico. Medio segundo después estábamos morreándonos como si no hubiera un mañana.

Inés me besaba con muchas ganas, demostrándome lo excitada que estaba. Su respiración se aceleró aún más cuando la cogí del culo y la pegué a mi. Su lengua disputaba con la mía cuál de ellas podía llegar más al fondo. Sus labios y los míos jugaban a no despegarse los unos de los otros. Y nuestros corazones latían cada vez más deprisa.

Paramos un momento, miramos a nuestro alrededor y no vimos a nadie. Nos miramos a los ojos y sin decir nada volvimos a besarnos. Una de mis manos se deslizó desde la cadera a uno de sus pechos. Mmmmm… Inés volvió a acelerarse mientras yo disfrutaba acariciando aquella preciosidad que conocía perfectamente por las muchas fotos que nos había ido mandado en nuestro grupo de chat.

Entonces dejé caer mi mano hasta que llegó al lugar donde debería haber unas bragas. La suavidad de la tela dejaba que mis dedos se deslizaran por toda su entrepierna con total facilidad. Notaba perfectamente la forma de sus labios y la humedad que desprendía.

Inés se dejaba hacer mientras no se separaba de mi boca ni un milímetro. Mi mano se centró en su clítoris y ese fue el detonante para que se pusiera en marcha. Siempre sin dejar de besarme echó mano a mi paquete, recorriéndolo para verificar mi alto grado de excitación. Buscó la hebilla, la desabrochó, hizo lo mismo con el botón de mi pantalón y bajó la cremallera. Metió la mano por dentro de mis calzoncillos y sacó mi polla al aire. La masajeó un poco y enseguida bajó para chupármela.

– Espera, espera – la paré – Aquí nos puede ver cualquiera.

Me puse como bien pude el pantalón mientras nos dirigimos a la zona donde se encontraban los restos de los barracones. Nos parapetamos en un muro con la altura suficiente para impedir que nadie pudiera vernos y que a la vez nos permitiera mirar por encima y vigilar por si llegaba alguien.

Ahora sí, saqué mi duro miembro e Inés se lanzó a chupármelo. Mmmmm, ¡qué maravilla! Si era excitante ver cómo se la chupaba a su marido, el recibir sus lametones en directo era increíble, y más ahí, al aire libre.

Inés estaba en cuclillas agarrando con ganas la base de mi polla. Una veces se la tragaba y otras se deleitaba dándome lametones en el capullo. Me miraba a los ojos, sonreía y seguía chupando. ¡Qué morbazo!

En un momento dado se incorporó para volver a besarme con ganas.

– ¿Tienes un condón? – me susurró al oído.

Sin decir nada abrí mi mochila, cogí un preservativo y se lo enseñé.

Sensualmente se quitó las zapatillas y luego las mallas. Ahí pude verificar el cuerpazo precioso de mi amante. Se apoyó en el muro de piedra, se dejó caer hasta ponerse en 90 grados y dejó su culazo a mi disposición.

Me acerqué y acaricié la parte baja de la espalda, sus caderas… y metí una mano por debajo de su culo para acariciar sus húmedos labios.

– Métemela, a ver si va a venir alguien…

Y sin pensármelo dos veces me coloqué el preservativo y apunté a su empapado coño. Con decisión se la metí hasta el fondo. Ahí la mantuve un instante y entonces comencé a bombear, cada vez con más energía. Inés se agarraba fuerte a las piedras del muro mientras comenzaba a gemir de placer al ritmo de mis embestidas.

Qué placer más grande poder disfrutar del espectacular culo de Inés, ahí, al aire libre, sintiendo el calor del sol en la espalda y la fresca brisa en la cara.

Entonces vi a alguien a lo lejos y paré.

– Creo que se acerca alguien – dije a Inés.

Ella ni se inmutó y comenzó a mover sus caderas. Alzó la cabeza, miró por encima del muro.

– No pares, me encanta pensar que nos pueden pillar – me dijo muy excitada.

Encogí un poco mi cuerpo para que quedara protegido lo más posible por el muro y continué bombeando. Inés dirigió su mano derecha a su entrepierna para acariciar su clítoris. Comenzó a gemir con más fuerza mientras intentaba moverse al compás de mis movimientos. Desde luego, le había excitado muchísimo el saber que se acercaba gente. Enseguida le flojearon las piernas pero no dejó de masturbarse. Entre gemidos y algún espasmo agachó la cabeza para disfrutar de su orgasmo. Sólo pude dar tres o cuatro empujones más y también me corrí.

Captura de pantalla 2018-11-19 a las 9.26.16.pngMientras la sacaba miré por encima del muro. A unos 50 metros estaban dos parejas de jovencitos haciéndose fotos. Al notar nuestra presencia nos miraron mientras Inés y yo acabábamos de vestirnos.

No teníamos escapatoria. Sólo podíamos tirarnos por un cortado o pasar por donde estaban ellos.

– Hola – saludamos al pasar junto a las dos parejas.

Los cuatro nos miraron sonrientes y hasta diría yo, con complicidad. Evidentemente sabían lo que acabábamos de hacer y parece que les gustó lo que vieron.

– ¿Crees que nos habrán grabado en vídeo? – me preguntó Inés mientras me cogía del brazo.

– Si han grabado a alguien ha sido a mí. Tú estabas bien escondida.

Entre risas y con la sensación de que nos habían pillado haciendo una pequeña travesura continuamos andando en busca de nuestras parejas.

Así llegamos al final de la fortaleza sin rastro de Beni y Lorena.

Decidimos esperar en una pasarela de madera, apoyados en la barandilla, disfrutando del paisaje. Más abajo se veía el camino por el que debíamos continuar, que llevaba a una pista por donde se podía subir en coche. Allí, en una explanada, se veían varios coches aparcados y un grupito de personas que se disponían a subir caminando.

Eché un vistazo alrededor y no vi a nadie.

– ¡Dónde se habrán metido éstos! – comenté.

Cogí a Inés por la cintura, la giré hacia mí y la besé. Nos miramos durante un instante y de nuevo nos dejamos llevar. Nuestras lenguas volvieron a retorcerse la una contra la otra mientras nuestros cuerpos se mantenían bien pegados. Mi mano izquierda bajó hasta su culo para acariciarlo y apretarlo, ese culo que había visto desnudo unos minutos antes.

– En poco tiempo esa gente estará entrando en la fortaleza – la dije mientras mirábamos hacia el camino.

– Aún podemos disfrutar un poco más.

Y volvimos a besarnos.

Mi mano subió entonces hasta uno de sus pechos. Inés tiene unas tetas preciosas. En ese momento estaba deseando poder tenerlas desnudas ante mí, saborearlas, besarlas y mordisquear sus pezones, pero estábamos vestidos en lo alto de una montaña con un grupo de excursionistas a punto de llegar a donde estábamos dándonos el lote.

Noté por su forma de besar que se iba calentando más y más. No sé si era porque le gustaba cómo le acariciaba los pechos, porque sentía mi polla dura sobre ella o porque sabía que el grupo ya podría estar viéndonos. El caso es que bajé mi mano a su entrepierna y comencé a frotarme por encima de sus suaves mallas. De nuevo noté un acelerón en su forma de besar y pude oír sus gemidos que salían ahogados por el apasionado beso que nos estábamos dando.

– Te follaba aquí mismo – me dijo con la respiración entrecortada mientras se frotaba con mi polla.

Aquello me animó a meterla mano por dentro de las mallas. El que no llevara bragas me facilitó mucho el trabajo y pude acariciar todo su coño empapado hasta que decidí centrarme en su clítoris.

Los excursionistas ya nos tenían a la vista. Inés estaba de espaldas al camino y la barandilla de madera nos tapaba de más arriba de la cintura para abajo. Por tanto, sólo podían ver a una pareja besándose.

Ya los oíamos. Dejamos de besarnos y los miramos. Venían distraídos charlando unos con otros y haciendo comentarios sobre los restos de la fortaleza. Dejé caer mi mano e introduje dos dedos en su coño. Estábamos separados, sin besarnos, con una actitud aparentemente tranquila, pero mis dedos estaban follando a Inés teniendo a unos desconocidos a escasos metros de nosotros.

Inés me acariciaba la polla por encima del pantalón pero no se atrevió a nada más. Los paseantes llegaron a la pasarela de madera y fue entonces cuando saqué mi mano de las mallas, nos cogimos de la cintura y con una amplia sonrisa saludamos a los excursionistas como si nada.  

Mientras el grupo se adentraba en los restos de la fortaleza vimos como aparecían Beni y Lorena desde el lado opuesto del camino. Salían muy abrazados de entre unas rocas y arbustos.

– Mira de dónde salen estos dos – comenté.

Al principio no nos dimos cuenta, pero cuando vimos que Lorena iba cojeando nos fuimos a su encuentro.

– Me he hecho un esguince – me dijo apoyándose a mí – no puedo andar.

Como pudimos, y entre risas, llevamos a mi mujer entre Beni y yo al aparcamiento con la esperanza de que algún coche nos pudiera bajar al pueblo. Unos minutos después aparecieron las dos parejas que nos descubrieron en lo alto de la fortaleza. Les contamos la situación y se ofrecieron a bajarnos en su coche. A pesar del calentón que tenía nos tuvimos que despedir un poco precipitadamente de Beni e Inés prometiéndonos seguir en contacto.

Lorena se sentó en el asiento del copiloto y las dos chicas se pusieron una sobre otra en el centro de la parte de atrás.

– ¿Sois pareja? – nos preguntó una de las chicas.

– Sí – dijimos a la vez.

– ¿Y la otra pareja son amigos vuestros?

– Sí, aunque les hemos conocido hoy – contesté.

– Vaya, entonces os habéis… – dijo haciendo un gesto cruzando sus dedos índice.

– Cambiado, sí – dije un poco cortado por no saber cómo podían reaccionar.

– ¡Joder, qué fuerte! – Se oyó.

– Nosotros hemos fantaseado alguna vez con eso – dijo la chica que nos había preguntado mirando a su chico.

– Eso hay que probarlo – dijo entre risas el que iba conduciendo.

– Sí claro, ¡tú flipas! – exclamó la otra chica.

– ¿Y por qué no?

El viaje acabó rápido y tras despedirnos y darles las gracias quedaron discutiendo si eso del intercambiar parejas podía ser una buena idea o no.

Cogimos el coche y nos dirigimos hacia el sur, camino del hospital de Burgos. Poco después recibimos un Line de Beni e Inés diciendo que se lo habían pasado muy bien y que tiraban para el norte.

Por suerte, los dolores pasaron rápido y en un par de semanas Lorena estuvo recuperada totalmente.

2 comentarios sobre “Pa’ morbo, Pancorbo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .