Compuesta y sin novio

Autora: Navi

Una segunda cita que podría haber dado mucho de si pero que nunca fue.

         Hola,  mi nombre es Navi. Es la primera vez que escribo relatos a pesar de que sí suelo leerlos. Siempre me han gustado los relatos reales, así que os contaré cosas sobre Beni y yo que poco a poco os gustarán. 

         

         Como he dicho antes, todo lo que narraremos es real, fruto de nuestro deseo y morbo. Unas veces lo narraré yo y otras Beni. Esperamos que según vayamos escribiendo os guste y nuestros relatos mejoren.

         Habíamos quedado por primera vez hacía unos pocos días y todo parecía perfecto después de aquella primera cita en que había timidez y reservas por ambas partes. Llevábamos ya un par de semanas hablando, parecía de había feeling e íbamos conociéndonos poco a poco, empezábamos a encajar. Habíamos compartido un par de fotos y… nuestras ganas de estar in situ se acrecentaban porque las fotos pueden engañar u ocultar algo pero en persona es cuando pasas la prueba del algodón, tanto físicamente como en lo que se refiere a la personalidad.

         

         Él era guapo, fornido, culto y simpático, de conversación fácil y con la risa pronta y yo… la verdad es que soy una mujer normal, no esperéis que me describa diciendo que tengo una cintura muy marcada, un culito respingón o unas tetas talla 100.  Mi ropa suele cubrir y camuflar lo que hay debajo, no es algo hecho a posta, sino que quizás no elijo la ropa que saque todo el partido a mis curvas.

         Más adelante, con más confianza y tras haber “roto” el hielo (y otras cosas jejeje), él me dijo que mi mirada le había llamado la atención, que mostraba un volcán activo bajo la superficie, y que mi personalidad le atraía a pesar de lo poco que había podido descubrir en ese primer contacto.

         Nuestro primer café fue bien: risas, confesiones y muchos nervios. Ante una situación así piensas en cómo será, si las fotos harán justicia a la realidad, si todo es fingido en un chat, si le gustaré, si estaré cómoda… pero cuando le vi, abarqué su cuerpo y mirada de una vez y mis dudas se disiparon. 

         Él se presentó con una camisa ceñida que dejaba adivinar todos y cada unos de sus músculos en su torso, mis ojos dieron un buen repaso a su paquete y desde luego que prometía, todavía no sabía cuánto. Sus manos, grandes pero finas, me hicieron preguntarme cómo sería ser tocada y acariciada por ellas. 

– Desde luego que este tío promete, si encima no la fastidia cuando abra la boca…- pensé.

         Yo, tímida de mí, fui con una falda, camisa y un chaleco que se ceñía a mi cuerpo cual corsé de la edad media, tratando de ocultar un par de tetas que deseaban ser tocadas. Me encanta que me toquen las tetas, me pellizquen los pezones y me las soben. A veces yo misma me las toco de manera inconsciente. Cuando alguien me toca las tetas como hay que hacerlo, me derrito y se me ponen los pezones bien marcados a través de la tela. Ese calentón va bajando a otras zonas más sensibles y es cuando empiezo a bajar mis defensas. Había pasado tanto tiempo desde que alguien lo había hecho como a mi me gusta que ya ni pensaba en ello, era algo olvidado en un rincón para no verlo y que me recordara cuánto echaba de menos una caricias en el sitio y manera exactas.

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         Faltaba poco para Navidad. La carta a los Reyes Magos ya estaba escrita. Ambos pedíamos lo mismo pero con distintas palabras. En definitiva, que nuestro deseo se liberase.

         Llevábamos ya un rato hablando y la verdad que estaba muy a gusto y me hacía ver lo simpático que era, sentía que podíamos encajar, que dentro de esa cabeza “había alguien”. Nada maleducado, muy agradable, hablamos de todo y de nada. Su sonrisa era perfecta, franca, pero esos modales no escondían el deseo por mí que había debajo, sus ojos le traicionaban y miraba mi escote, su pierna rozaba contra la mía y se iba acercando poco a poco a mi, ganando terreno. 

         No voy a negar que me gustaba sentirme deseada, notar que a alguien le excitaban mis curvas y estaba deseando tocarme y quitarme la ropa. En un momento de la conversación me preguntó tímidamente:

– ¿Puedo tocarte la pierna o el costado?-

-Ay que corte! – pensé para mis adentros-

         El bar donde habíamos quedado era muy concurrido y por Navidades, la gente suele reunirse mucho más que durante el año.

         Él buscaba a una mujer caliente y deseosa, que le siguiera el ritmo a su deseo y que fuese reflejo del mismo. Yo buscaba un macho que supiera satisfacer ese deseo que vivía en mi en estado de espora. La verdad es que las condiciones para despertar ese deseo dormido las proveería ese hombre que estaba conociendo aunque yo todavía no lo sabía. Estaba con todas las barreras arriba y sólo permitía que intuyera qué había detrás.

         Aún recuerdo sus ojos “suplicándome” hacerlo, insistía de una manera sutil, sin presionar, echando el anzuelo para provocarme.

-No -le dije- aquí nos pueden ver.  – ¿Me darás un beso por lo menos? – me dijo mirándome con pillería.

No le dije nada, miré a mi alrededor y después a él, para ir acercándome poco a poco.

– ¡Jo que beso! Pensé.

         Pobrecito mío, le metí la lengua hasta la garganta. Fue un beso “tímido”. Sentí su sabor en mi boca y su lengua, tras la sorpresa inicial, buscando juguetona la mía. Fueron un par de minutos de beso a ojos cerrados y de dejarme llevar en esa boca y en esos brazos que apenas conocía. Un par de segundos fugaces que me indicaban que todo iría bien y que la pieza encajaba, que quizás ese deseo era el mismo que yo tenia.  

         Me lo hubiese follado en ese instante. Ese beso me supo a poco. Había pasado de ir con pies de plomo a desear lamer cada cm de su cuerpo. Y sólo con un beso…¡¡ pero qué beso !! La manera en que sus labios contactaron con los míos, sin prisa, suavemente para después ir liberando el deseo y haciendo que abriera la boca y dejase salir a mi lengua sin control, sólo guiada por las ganas de sentirle y saborearle.

         Tras esta toma de contacto la charla siguió, bordeando temas picantes, dobles sentidos… dedos furtivos que rozaban mi piel provocándome un cosquilleo. Conociéndome a través de mis gustos.  

         

         Sus ojos cada vez que me miraban me transmitían su deseo. Hasta casi podría adivinar lo que me dirían. 

-Te voy a desmontar – Los subtítulos de mis ojos delataban un – te lo voy a comer todo-.

         Pasaron los minutos y la cita se tenía que terminar. Quedamos en vernos el siguiente día y la verdad es que había ganas. 

– ¿Cómo se puede pasar de estar con un desconocido a estar deseando volver a sentir su tacto, a aspirar su olor y notar su calor en tan solo unos minutos? ¿Contarle cosas que no había compartido con nadie más, de mi deseo, mi morbo…?- es algo que no acababa de comprender.

Nos despedimos con la promesa de volver a vernos en breve. 

– ¿Cuándo podrías volver a quedar?- me dijo. Ganas había, pero tiempo era lo que faltaba.

– Imposible vernos hasta después de Reyes- le dije apenada. ¡Mierda! hace media hora no le conocía y ahora esperar tanto se me antojaba una tortura, mi coño empezaba a reclamar atención después del calentamiento previo y hoy no tendría su recompensa.

         En los pocos momentos de “libertad” por las fechas que eran, logramos rascar un par de horas una mañana para poder quedar. Entre los recados de Navidad y cosas varias quedamos en vernos en un bar cercano a donde estuvimos aquella primera vez. Él venia de hacer recados, yo de apurar los últimos encargos a los reyes. 

         Siempre he sido muy ordenada y organizada pero tras estar tanto tiempo fuera de casa haciendo mil consultas respecto a qué comprar…

– Joder me queda poca batería! Un 10% – pero para un móvil viejo como el mío… creí que sería suficiente.

Beni venía de sus recados. Le llamé pero entre la mala cobertura de mi compañía telefónica y mi poca batería “estamos apañaos” -pensé-

Al final le llamé. 

– ¿Dónde quedamos? Tengo poca batería – le dije. 

-Hay un bar más tranquilo y resguardado dos calles más …-

-MIERDA! MIERDA! MIERDA!…- no sabía dónde ir ni qué hacer. Se había cortado porque mi batería había muerto.

Sola, con mis ganas, en medio de la ciudad, en las escaleras del parque . 

– ¿Qué hago?.

Me arranqué a llorar cual magdalena. 

– ¿Cómo puedo ponerme así por no haber podido quedar cuando apenas le conozco?-  me decía a mi misma mientras miraba al suelo con la mirada borrosa.

         

         Me fui al tren y me quedé llorando como una niña cuando se le escapa su globo de helio de las manos. Pasaron los minutos, me serené un poco y logré bajar al andén. Esperando que cuando volviera a hablar con él entendiese el motivo de mi plantón.

Lo que siguió ocurriendo a partir de ahí, ya os lo iremos contando poco a poco.

Os recomiendo que mientras leáis este relato, os pongáis los cascos con la música de Texas que ahora mismo me acompaña. Una voz sensual…


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