Ni tan lejos ni tan cerca

Autor: Larry G. Alvarez

viagramanusa@yahoo.com.mx

Los nervios cosquilleaban en sus estómagos por igual. Se acababan de conocer, y eso no hacía más que aumentar la curiosidad del uno hacia el otro. Habían comenzado a conocerse unos días antes en un chat de Internet y ya habían sentido sus intereses y fantasías vía telefónica, e inmediatamente surgió la química entre ellos. Tras unas palabras realmente agradables, inmediatamente ambos supieron lo que iba a pasar una vez que se vieran en cámara.

Ella tenía 55 años, era morena, y tenía un cabello que llegaba más abajo de sus hombros. Era de estatura media y pesaba… bueno, realmente ella no dijo lo que pesaba ni él lo preguntó, ya que tenía muy claro que ese dato no se le debe preguntar a una dama de volumen considerable para pensarlo bien, si en realidad valdría la pena seguir adelante con la posibilidad de tener un idilio.

Él tenía ya sus 60s y un cuerpo promedio y pudo presumir casi dos metros de estatura y sus casi 100 kilos, con un diminuto instrumento de placer.  Ella no sabía si estos datos eran ciertos o no, como dice el dicho, hasta ver, no creer. Así que, tras iniciar el coqueteo con él, estaba plenamente dispuesta a descubrirlo.

Ella conectó su webcam y respondió a la petición de videoconferencia que él había enviado. Los segundos que transcurrieron desde que aceptó la llamada, se hicieron eternos para los dos. En las pantallas de sus ordenadores se abrieron sendas ventanas con una aburrida publicidad que se mostraba mientras se establecía la conexión, y unos instantes después, aparecieron uno frente al otro, separados tan soolo por la pantalla del ordenador a miles de kilómetros de distancia.

 En ambas pantallas no se veía rostro alguno, pero si dos cuerpos. Cada uno estaba cómodamente sentado delante de su correspondiente teclado. Ella llevaba puesto un ligero vestido de una sola pieza, holgado de color rojo que le llegaba por la rodilla. Él llevaba una camiseta, también holgada, de color blanco y un bóxer negro. Mientras ella fijaba la vista en el cuerpo mostrado de la pantalla, trataba de imaginar cómo sería ese torso sin esa camiseta que tan bien le quedaba.

Él recorría con la vista el cuerpo femenino que tenía enfrente y descubrió que, a pesar del volumen de la mujer, realmente le gustaba lo que veía, unos senos, para el enormes que reventaban el vestido holgado. Pensaba cómo seria hundirse en tan enormes senos, disfrutarlos, beber de sus néctares, lamer sus pezones.  Ambos se desnudaban con la mirada. Sin dejar de contemplarse y de disfrutarse con la vista, siguieron hablando en el chat y expresando lo que sentían, creciendo en ellos una excitación que cada vez era más patente en sus cuerpos.

El bóxer, a pesar de lo diminuto de su órgano, empezaba a notar algo abultado,  algo que no pasó desapercibido para ella. No pudo ni quiso dejar de mirarlos imaginando cuanto estaba creciendo ese miembro que allí habitaba y que ahora la recibía con una generosa erección. Mientras ella recreaba su vista, sus pezones empezaron también a endurecerse hasta el punto de notarse perfectamente a través del vestido, lo cual puso muy contento al hombre, ya que por fin sintió que había alquimia con esa mujer, que bien no tenia un cuerpo monumental de una modelo, pero si, tenía lo que a él le encantaba.

Captura de pantalla 2018-11-06 a las 19.13.34.pngLa conversación siguió avanzando cada vez más caliente. Ambos demostraron en sus palabras su excitación, ya sin pudor, hablando abiertamente de la pasión que sentían por lo que veían en pantalla. Cada palabra era una caricia más en sus pieles y una gota más de líquido caliente en sus intimidades. Ella, que ya había dejado de escribir y ya solo leía su pantalla, separó las manos de su teclado y comenzó a acariciarse los pechos para el disfrute del hombre y de ella misma. Los agarraba con ambas manos, los estrujaba, los juntaba, los separaba, los acercaba a la cámara de su computadora.  Sus pezones a estas alturas ya eran puñales que querían atravesar la tela y llegar al corazón de él.

 Él seguía escribiendo mientras miraba, aunque sus manos cada vez estaban más dedicadas a acariciarse para ella. Brevemente regresaban al teclado para escribir un sentimiento, una confesión o un piropo, pero inmediatamente volvía a su cuerpo para acariciar con una mano su torso por debajo de la camiseta blanca. La otra mano, mucho más atrevida, recorría con el dedo índice toda la longitud de su pene por encima del bóxer. Comenzaba en la raíz y lentamente deslizaba el dedo hacia arriba hasta llegar a donde claramente se le marcaba el glande, que, a estas alturas, para su sorpresa ya estaba realmente hinchado. No podía creerlo, por mucho tiempo había intentado tener una erección, sin conseguirlo, culpando a un alta de azúcar en la sangre, a la edad, a no haber química, a alguna enfermedad crónica, a rechazos del pasado, que habían afectado su autoestima.

Ella se transportaba a un mundo de excitación, donde ya su vulva estaba plenamente invadida por la humedad de su interior. Pensaba si eso le ocurre tan lejos, pero tan cerca, cómo sería tendiéndolo en su cama, en su carro, en la mesa, en donde se pudiera.

 Ella continuó sobando tus pechos sobre el vestido, agarrándoselos una y otra vez hasta que introdujo una de sus manos por dentro del generoso escote que vestía para por fin acceder a esos pechos deseosos de pellizcos, caricias, de unos labios que los besen y unos dientes que mordisqueen sus pezones. Pero sus manos eran habilidosas y sujetaban los pezones con la presión justa para hacerle sentir esa mezcla de placer y dolor que tanto le gustaba. En su cabeza ya no había juicio alguno, sólo instinto, y recurrentemente le venía el pensamiento de ella misma disfrutando con la verga de su ya cibernético amante.

La mujer, estaba provocando a su hombre un calor increíble y la camiseta blanca le estaba empezando a molestar realmente, por el sudor emanado por la excitación a la que estaba sometido. No la soportaba, así que se la quitó de un movimiento rápido descubriendo su pecho lampiño. Casi con la misma velocidad bajó también su bóxer, que se atascaron torpemente al salir por los pies víctima de los nervios de que se pudiera perder la conexión. En este momento le hervía la sangre. Solamente se imaginaba a él mismo con la cabeza hundida entre esas tetas que tenía delante. Se imaginaba lamiendo, mamando, haciéndolas suyas. Realmente aún no las veía, pero sabía que en el momento de verlas tendría que hacer verdaderos esfuerzos para no descargar sus lácteos presos de la calentura que estaba teniendo.

 Cuando ella vio como él se desprendía de su ropa le dio un vuelco el corazón. Estaba ya sudorosa, con las piernas abiertas y el vestido haciendo una precisa curva a la altura de las rodillas que evitaba que mostrara su ropa interior. Segundos después con sus manos, ella dejó al descubierto unos maravillosos senos visiblemente excitados. Esos pezones que antes querían atravesar el vestido, ahora quería atravesar la pantalla. Él se moría desde su silla por chuparlos, tenerlos entre sus labios y jugar con ellos con su lengua. Si hubieran estado compartiendo la habitación, en ese momento él se hubiera abalanzado sobre ella para devorarla con locura, sin ser dueño de sus actos.

Cuando ella abrió ligeramente las piernas para acariciarse, su clítoris y labios vaginales estaban cubiertos por una tela empapada de su néctar. Demasiado para él. A esas alturas ya prácticamente se masturbaba. Su pene ya en la máxima longitud, posible a su edad y condición. Ella gozaba tocándose mientras observaba la forma del glande de su hombre y como muy despacio no dejaba de soltar gotas pre seminales. Su verga era una pequeña estaca curvada ligeramente que acababa en una punta de flecha hinchada. Y ella quería esa estaca dentro de su cuerpo. La quería en su boca y la quería entre sus piernas, ensartada en ella hasta la raíz de su intimidad.

Su tronco no era muy grueso, pero lo era en su cabeza, mostrando vello púbico algo canoso y rizado. Esa verga se hizo apetecible para ella. Mientras él se masturbaba ya sin nada que le molestase, por la mente de ella solo corría la idea de tener esa verga en su boca. Ese pene era suyo esa noche, y esa erección le pertenecía, así que estaba loca por dar placer a ese miembro y dárselo ella misma mientras su imaginación volaba.

 Mientras él se masturbaba rápidamente, a ella también comenzó a molestarle su ropa interior, por lo que se puso de pie y sensualmente se deshizo de su empapada de sus fluidos. La sensualidad se convirtió en erotismo cuando ella dejó ver su monte de venus cubierto de un bien cuidado vello negro, pero el erotismo se convirtió definitivamente en pornografía cuando abrió sus piernas frente a la cámara y con los dedos índice y corazón separó sus labios inferiores. Esa cueva estaba ávida de esa verga erecta que aparecía en pantalla. Su clítoris aparecía hinchado  y una gota de color blanquecino resbalaba de la parte inferior de sus labios internos para acabar mojando su agujero trasero. Dos dedos de la mano, mojados en su saliva se acercaron a la entrepierna y lentamente se introdujeron dentro de ella hasta tener las falanges completamente en su interior. Esos mismos dedos salieron completamente mojados, resbaladizos en ese elixir que él se moría por saborear, y se pusieron a jugar con su clítoris, haciendo pequeños círculos concéntricos sobre él, primero más despacio y después mucho más rápido.

Mientras él veía esa escena se imaginaba como sería chupar esos dedos y tenerlos dentro de su boca. Mojarlos con su saliva para después dirigirse a la vagina, hundir la cabeza en ella y beber directamente de la fuente del placer. Mientras le venía ese pensamiento su ritmo se aceleraba. En esos momentos, el movimiento de subir y bajar era realmente intenso y a través de la cámara se escuchaba perfectamente ese sonido acuoso tan característico de aquel que está a punto de derramar su leche. Ella lo escuchaba mientras gemía y aumentaba en consonancia el ritmo de su masturbación. Ahora se imaginaba como apoyada a cuatro patas en la cama, esa verga la penetraba desde atrás. Se la imaginaba saliendo y entrando por completo de ella, notando el roce de cada centímetro al entrar y salir de su interior. Los dos aceleraron más aún el ritmo invadidos por sus pensamientos y la imagen de unos sexos empapados.

 Él ya sentía que iba a estallar de un momento a otro. En su mente ya había penetrado por todos los orificios posibles. Ya sólo le quedaba una cosa que hacer y era derramar su placer sobre ella. En su imaginación ya se veía empujando contra ella con fuerza, chocando pelvis contra pelvis, y entrando y saliendo con fuerza de su interior. Se imaginaba ya dentro de ese sexo tan caliente sobrepasando el punto de no retorno, ese punto en el que un hombre sabe que se va a correr y ya no hay vuelta atrás. Aun así se imaginaba a él mismo retrasando ese momento, pensando en que cuanto más lo retardara más placer obtendría, y apurando hasta el último segundo para escuchar y disfrutar cada gemido que ella daba en sus embestidas.

 Justo cuando estaba a punto de correrse concentrado en ese pensamiento, un gemido ahogado le llegó por los altavoces de la computadora, mientras el cuerpo de ella comenzaba a moverse espasmódicamente, con convulsiones al ritmo de sus gemidos. Ella se estaba corriendo para él, entregada por completo y ofreciéndole todo su placer. En ese momento él no aguantó más y rápidamente, al presenciar el orgasmo que ella le regalaba, movió su pelvis hacia arriba, brotando de su glande un chorro de leche ardiente, espumosa que le llegó a la altura de pecho. Inmediatamente después y acompañado de un grito, otro chorro de semen con ya menos fuerza salió de su pene y aterrizó sobre sus abdominales dejándole ya completamente rendido. Pequeñas gotas siguieron brotando de su interior y cayeron sin fuerza ya sobre su ombligo.

 Ella poco a poco fue abandonando sus espasmos quedando rendida sobre la silla, con las piernas abiertas y su sexo goteando. Los pliegues de sus labios tras el orgasmo seguían excitando al hombre. Sin embargo, lentamente su miembro comenzó a perder esa dureza que le había acompañado durante los últimos instantes y ahí quedó él ante ella, tumbado y deshecho en su silla, con su torso empapado en semen para deleite de ella. Estuvieron unos instantes mirándose sin decir nada, sin escribir nada, simplemente contemplando sus cuerpos después de la batalla y sintiendo la intensidad con la que lo había vivido. Esos momentos posteriores se hicieron interminables porque ninguno de los dos quería que acabaran.  

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