Gijón-Madrid… un bonito viaje en tren

Autor: Du Lac

Normalmente suelo llegar pronto a todo tipo de estaciones y aeropuertos, es más, siempre espero cerca de una hora a que se permita el embarque en trenes y aviones. Esta vez la tranquilidad de mis colegas de congreso, y el ambiente agradable de la sobremesa de la cena, produjo en mí una placidez que no me resultaba nada común. Habíamos pedido una segunda copa de una deliciosa grappa y la pena de dejarla a medias me hizo alargar el tiempo arriesgadamente. Cuando miré la hora, el corazón se me redujo al tamaño de una nuez. Atolondradamente  me levanté pensando en la dificultad de encontrar a esas horas un taxi. Fernando, como siempre excelente anfitrión, siempre dispuesto a echarme una mano se ofreció de inmediato a acercarme a la estación. Quedaban escasos 15 minutos para la salida y no fui capaz de insistirle para que continuara en aquel agradable ambiente. Sin perder un segundo en ser cordial, salí disparado del acogedor restaurante. Fernando me seguía de cerca acelerando para alcanzarme. Llegamos a su coche y salimos a toda prisa dirección a la estación. Los sudores me corrían por la espalda, resultado del caluroso mes de mayo y de los nervios que me producía el sólo pensar perder el tren.

Por regla general, prefiero desplazarme en coche cama con ducha, ya que me resulta cómodo ducharme antes de meterme en la cama, pero el buen tiempo y las fechas me habían impedido encontrar un billete de ese tipo y tenía que acomodarme en una litera dentro un compartimento con tres personas más. Esta circunstancia me desasosegaba al pensar en la noche que podría avecinarse.

Llegue a la estación dos minutos antes de la partida del tren. Corriendo por el andén con la maletilla de ruedas saltando, y yo dando traspiés, llegue al vagón. Me angustiaba pensar el tipo de personas que podría encontrarme de compañeros de noche. Ya por el pasillo me acerqué mirando los números. Con sorpresa vi que un chico de no más de 20 años era su único ocupante. Saludé y me dispuse a ordenar mis cosas. El muchacho parecía no llevar equipaje lo cual me resultó un poco extraño. Deposité la maletilla en mi litera, y saqué mi bolsa de aseo, el libro, el periódico y el pijama. Le comenté al chaval si podría vigilarme las cosas mientras iba a la cafetería a comprar agua.

-No tardes, yo en Oviedo me bajo.

-No tardaré gracias, sólo voy a por agua.

Captura de pantalla 2018-10-01 a las 10.57.33.pngSu comentario me hizo concebir esperanzas en que las literas no se llenarían. Así que más tranquilo me dirigí a por una botella para lavarme los dientes, y para beber por la noche.

Había olvidado decir que me encontraba en Gijón y que la primera parada era en la estación de Oviedo situada a escasos kilómetros de mi origen.

Una vez de vuelta en la “celda”, me fui a lavar los dientes, y como siempre tuve que hacer equilibrios para mantener el grifo de presión abierto y para no mear fuera de la taza. Mi experiencia en los innumerable trenes que había tomado a lo largo de la vida (es el medio de transporte que más me agrada), me hizo salir airoso de tan repetida experiencia. De vuelta otra vez en el compartimento, di las gracias a mi efímero compañero de viaje, y coloqué la maleta en el nicho correspondiente. Me puse el pijama, y derribándome sobre la litera di la luz y, sin dar conversación me puse a leer. A los diez minutos, el convoy comenzó a aminorar su marcha. El muchacho salió disparado, debía llegar tarde a casa y las prisas no le dejaron decir más que un “hasta luego”. La luz de la estación me resultó incómoda por ser objeto de miradas desde el exterior. Me levanté con intención de bajar la pantalla pero la tarea fue imposible ya que el pivote de enganche estaba roto. Si tenía la suerte de continuar solo, ya pensaría alguna manera de solucionarlo con alguna chapuza. Me volví a la litera, apagué la luz general y continué leyendo mientras escuchaba los atropellados sonidos de los viajeros por el pasillo. Cada vez que oía ruidos cercanos imaginaba la puerta abriéndose para dar paso a la típica familia con niño de corta edad que haría imposible conciliar el sueño. El tren comenzó a desplazarse por la vía quejosamente y mi esperanza comenzó a despertar.

Escasos minutos más tarde, oí la conversación de dos mujeres en un idioma que no reconocí. Hubo esfuerzos por correr la puerta. Me hundí en la miseria y ya sólo rezaba por que los compañeros o compañeras de viaje no fueran muy desagradables. Ayudé a deslizar el panel de entrada y observé que mis posibles acompañantes eran dos mujeres.

Estas dos mujeres rondaban los treinta años, entraron, y me dieron las gracias y las buenas noches con un acento que no me resultó nada familiar. Las dos chicas resultaban bastante atractivas, la que parecía mayor poseía una corta melena castaña y un cuerpo bastante agradable y redondeado, aunque debería precisar mencionando que era de una dulce sensualidad. Sus rasgos eran suaves y de una apariencia que podríamos denominar voluptuosa. Su amiga, o compañera de viaje, también llevaba el pelo corto aunque moreno, y lucía una apariencia atlética y rasgos más afilados. Las dos serían más o menos de la misma estatura, no demasiado altas; ello, y sus tonos de piel, me hizo descartar su origen nórdico.

Mientras yo hacía todas estas apreciaciones, disimulando mi curiosidad, colocaron sus enormes mochilas, sin esfuerzo, en la repisa encima de la puerta. Hice amago de ayudarlas pero ni siquiera me dio tiempo a levantarme; haciendo gala de una buena forma física ya habían elevado y ubicado aquellos dos mamotretos. Como suele ser común en mujeres que no son latinas las muestras de agradecimiento fueron muy ostensibles. Ahora me hablaron en inglés. Yo seguía tratando de identificar su nacionalidad, pero me corté en preguntar. Enseguida me arrepentí, ya que los anglosajones, al revés que nosotros, consideran “polite” el iniciar una conversación con preguntas. Mientras tenía lugar todo esto, ambas mujeres se presentaron, y sus nombres me orientaron sobre su procedencia. Mientras no paraban de hablar y reír. Una volvió a salir al pasillo y mientras la otra se quitaba los zapatos y se quedaba en calcetines (otra costumbre bastante extendida entre diferentes nacionalidades). Yo hacía que leía pero no conseguía concentrarme, costándome pasar de página. Noté que la presente me observaba y sin dudarlo me preguntó sobre mi libro, le explique que era el relato de un viaje que había realizado Giacomo Casanova a España en tiempos de la Ilustración. Viendo que esbozaba una sonrisa cómplice, le traté de convencer de lo interesante que era para un español el conocer los puntos de vista de los viajeros extranjeros durante su experiencia en nuestro país. Ella asintió de forma irónica y yo dejé de insistir.

La puerta se volvió a abrir y la atractiva mujer castaña entró con agua. Siguieron parloteando sin cesar y al final salieron las dos con sus bolsas de aseo. Yo pensé que la noche iba a ser dura con tanta danza. Pero al poco tiempo regresaron y comenzaron a desvestirse sin pudor, aquello me turbó y me escondí detrás de las hojas del libro, aunque de vez en cuando las miraba furtivamente. En una de estas, empuje sin intención el marcapáginas que cayó al suelo. La morena, con reflejos de karateca lo recogió y en ese momento observé que un colgante con la estrella de David se deslizaba fuera de su camiseta. Durante todo este tiempo las dos se habían quedado con sólo una camiseta que marcaban sus pezones y con unas escuetas braguitas, que escasamente cubrían su pubis. La desazón en mi iba creciendo y una incipiente erección me hizo ponerme boca abajo en la litera. No quería mirarlas descaradamente por la vergüenza que me producía la situación. Las conversaciones y las risas se hacían más frecuentes y de vez en cuando me dirigían sus miradas con sonrisas que me hacían sospechar que yo era el objeto de su hilaridad.

Las dos estaban sentadas en la litera baja, situada frente a mí, aunque yo estaba ubicado en la litera alta, ello me daba una mejor perspectiva y facilitaba un cierto disimulo a mis miradas. La mujer del pelo castaño se tumbó, y la del cuerpo más atlético siguió riendo. No tardó en tumbarse también y en acariciar a su amiga. En esos momentos mi erección se hizo patente y la necesidad de contacto en aquel apéndice se me hacía muy necesaria. Yo no podía dejar de mirar la escena que se me presentaba, plagada de sonrisas cómplices y sensualidad. En un momento dado, me miraron sin abandonar sus sonrisas y, me hicieron señas para que bajara de la litera. Evidentemente me negué ante la perspectiva de presentarme con aquello que no dejaba de crecer entre mis piernas. La insistencia, y el que la más morena descubriera sus pechos haciendo gestos de calor, me hizo decidirme a dar el ”salto mortal”. Los pechos descubiertos de la morena eran pequeños y atractivos y mostraban un oscuro y cónico pezón que invitaba a succionarlo y acariciarlo con la lengua. En un instante, y abandonado a mi suerte, bajé quedándome en medio del estrecho pasillo en total indefensión; esperando sus carcajadas creo que cerré los ojos. Al abrirlos, las dos levantadas me hacían gestos y me decían en un inglés casi imperativo que me tumbara en su litera. Como un manso a la espera de su puntilla les hice caso sin pestañear.

Allí me encontraba. Mi atributo, por llamarlo de alguna manera, se salió definitivamente del calzoncillo y por ende del pantalón del pijama –suelo dormir sin calzoncillo, pero en un lugar como aquel no había pasado por mi mente el quitármelo en público, más que nada por evitar carcajadas, o escándalos-, me pareció una situación extremadamente ridícula pero no había marcha atrás. En décimas de segundo me vi sin el último de mis paños protectores y la morena empezó a recorrer de arriba abajo aquella polla que ni yo reconocía. Mientras tanto la mujer castaña se había sentado al lado de mi cabeza y sus templados muslos rozaban mi mejilla. La situación me pareció irreal, lo cual facilitó mi desinhibición. Las dos se desprendieron casi con absoluta sincronía de sus pocas prendas. Me volví loco de deseo aunque traté de disimularlo, dado lo poco familiarizado que estaba con situaciones parecidas. Inmediatamente me quité la chaqueta del pijama y me quedé igual que ellas. Adoptamos la misma postura inicial y la morena volvió a tomar la acción de partida.

La visión de aquellos dos pubis tan distintos me excitó más y, sólo pensaba en lamer su interior. Pasé por encima de mi cabeza el muslo de la castaña y abriendo sus labios introduje mi lengua entre ellos iniciando un movimiento ascendente hasta encontrar el clítoris, noté un cierto estremecimiento de placer que me incentivó a continuar lamiendo aquel sexo que desprendía un maravilloso olor acre que me volvía loco. Mientras tanto, la morena ya se había tragado toda mi verga y la recorría arriba y abajo con su puño y boca, a la vez que acariciaba su sexo con la otra mano. Esta escena, ocasionalmente la veía entre las piernas de Ruth (llamaré así a la poseedora del coño que devoraba), pero después me concentré más, hasta que sentí, por el agradable cambio de temperatura, que Sara (la morena que sorbía aquel miembro que no reconocía) se sentaba a horcajadas sobre mí y se introducía mi húmeda y dura polla en su jugoso coño, moviéndose de arriba a bajo. Los movimientos se aceleraron y el calor producido por los tres cuerpos hizo que comenzáramos a sudar ayudados por la calefacción que siempre es alta en los compartimentos de los trenes. La visión de los cuerpos y sexos húmedos me excitaba aún más y, me hizo cambiar de postura para poder saborear y oler el sexo de Sara, pero ella me hizo esperar mientras se subía a la litera de arriba. En un principio quedé desconcertado, al igual que Rut que me miraba extrañada. Sara se sentó cerca del borde y me ofreció aquel premio que yo tanto deseaba, mientras se acariciaba aquel pubis de corto bello, y terminaba por separar sus labios, para que mi lengua recorriera hasta el último rincón. Mientras nuestra amiga Ruth, dentro de la litera baja, me engullía, y me extendía su saliva. Cuando hubo terminado, se giró, elevó sus caderas, y me presentó sus hermosas nalgas, a fin de que pudiera penetrarla. La ayudé agarrándola con las dos manos e introduje mi promiscua polla muy despacio, hasta que la noté más dilatada. Sólo veía a Sara acariciándose sus pezones, cuando separaba mi boca de su húmedo coño. No fue luego difícil, y así estuvimos hasta que Sara con ayuda de mi lengua y labios, y sus caricias se descargó en un orgasmo que me animó a hacer lo mismo vertiéndome en el culo de Ruth.

El orgasmo me hizo parar de lamer a Sara y empujar cuanto pude en el orificio de aquel precioso culo, hasta que me separé. Sorprendentemente, mis ganas de seguir con aquel delicioso cuadro no cesaron, y aunque mi erección ya no era como al principio empecé a chupar otra vez los labios del sexo de Ruth que ahora se situaba tumbada en la litera baja. También ella comenzó a acariciarse el clítoris y sus pezones. Esta escena despertó otra vez mi deseo y Sara leyendo mi pensamiento bajó y comenzó a chupar de nuevo mi glande que ya estaba otra vez deseoso de contacto. En esta situación continuamos un tiempo que no soy capaz de cuantificar. Hasta que Ruth comenzó a moverse convulsivamente y a decirme algo que debía significar que no parase, no perdí tiempo e introduje dos dedos en su vagina a la vez que no dejaba de lamer todo lo que podía. Casi sincronizadamente me dejé ir en la boca de Sara, que no rechazó en ningún momento los fluidos que expulsaba en mi segunda corrida, y Ruth  se corrió. Llegado a esta situación me desplomé sobre el cuerpo de Ruth a la que comencé a besar a la vez que acariciaba sus pechos. Sara no quiso quedarse desplazada y entre los tres jugamos con nuestras lenguas mientras nos llenábamos de caricias. Así permanecimos un rato en una situación que debía ser tan placentera como el paraíso. Sólo la falta de espacio nos incomodaba hasta que quedamos en aquel revoltijo de cuerpos lo mejor acoplados que pudimos en la reducida litera. De pronto y sin aviso, el tren comenzó a aminorar la marcha, y en ese momento recordé que la ventanilla permanecía abierta. Salté como un resorte, y ante la sorpresa de mis dos amigas intenté cerrar la pantalla sin lograrlo, lo que les resultó muy jocoso.

Ante mi absoluto fracaso, comencé a vestirme apresuradamente y a meterme en la litera, que en un principio me correspondía. Ellas, con más parsimonia, se cubrieron, por decir algo, con sus diminutas prendas e hicieron lo mismo sin dejar de sonreír. Los tres disimulamos, ellas hablando y yo haciendo que leía, en espera de que viniera el cuarto pasajero. Por suerte, no fue así, y cuando el tren retomaba su marcha me levanté, me dirigí a la litera baja y besé a Sara con toda la dulzura que el cuerpo me pedía; ella me invitó a tumbarme junto a si, pero aunque el deseo me lo pedía, consideré que no hubiera sido muy elegante, así que me elevé sobre su cama he hice lo mismo con Ruth. En esta circunstancia, noté que la excitación volvía a mí, con lo cual, ya rápidamente, retorné a mi catre e intenté leer. En aquellas circunstancias no logré concentrarme y decidí apagar la luz, no sin antes dirigirlas una mirada de agradecimiento y de afecto…………

Unos golpes de rutina sonaron en la puerta corrediza, anunciando que quedaban veinte minutos para entrar en Chamartín. No muy apresuradamente nos levantamos y comenzamos a vestirnos sin intercambiar palabra. Me subí encima de la litera y comencé a bajar los bultos de equipaje. Tenía una sensación de tristeza mezclada con otra de satisfacción, ya que difícilmente volvería a disfrutar de aquella manera con dos deliciosas mujeres.

Ellas abrieron la puerta y nos despedimos con un beso. La escena fue observada por dos jóvenes que se dieron un codazo, al ver que a las dos las despedía de igual manera. Esto me animó un poco. El sentirse alguna vez envidiado es una sensación que puede ser gratificante.

No quise alargar la despedida y tardé algo más en salir. Ellas ya se habían perdido de vista.

Una vez subidas las escaleras mecánicas compré el periódico y fui a la cafetería a desayunar tranquilamente, y así evitar la cola para coger un taxi.

En la portada del periódico venían unas declaraciones del portavoz de la Conferencia Episcopal, que mencionaban el relajo moral de la juventud española y las consecuencias que ello tendría sobre la sociedad. Sonreí y pensé que como ya no podía ser considerado joven, aquello no tenía nada que ver conmigo.

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